viernes, 20 de enero de 2017

cartas al blog...






GRITOS EN LA RINCONADA DEL CORAZÓN

Ayer tarde llovía con ganas y yo iba pensando que puede ser encantador si se sabe mirar. Imaginaba esas tardes soleadas cuando los días son más largos y sales del trabajo aún con sol. 


En esos atardeceres primaverales pienso en los de ahora, en el atractivo de la lluvia, en el recogimiento, en esas sensaciones que te inundan cuando te envuelves con las faldillas de la mesa camilla y el brasero te da un calorcillo inigualable después de hacer varios kilómetros con la bici por los pueblos y paisajes que rodean Cadalso o Madrid.



 Sí, es una técnica placentera que uso a menudo: mientras vivo la estación presente imagino la futura o la pasada y ello me provoca unas satisfacciones muy especiales. Y es que tengo la corazonada de que todo lo que nos rodea es mágico. Que basta con agudizar nuestra capacidad de observación para comprobar como nos sobresaltan infinidad de maravillosas sorpresas que se suceden a nuestro alrededor. 


Ayer reparé en una: Dos ciegos, hombre y mujer, en una esquina de la calle Toledo se estaban besando con una felicidad infinita, se miraban como si interpretaran con los ojos una colosal sinfonía que les ayudaba a oponerse a la fuerza irracional del destino adverso y, de tanto en tanto, se tocaban sus mejillas con las yemas temblorosas de sus dedos. Se mascaba el amor en su esencia más pura. Teníais que haber visto la ternura que resbalaba por sus expresiones enamoradas. A veces pienso que sólo por eso merece la pena seguir aquí. Que yo tengo la obligación moral de captar esto, luego sentirlo íntimamente y después contarlo sin pudor a los cuatro vientos.


En las vacaciones de Navidad nos perdimos Paloma y yo por el valle de La Hiruela hasta dar con una aldea nombrada La Rinconada, la recorrimos elogiándola por su belleza. Hacía mal día por todas partes menos allí que lucía un sol desafiante que derretía cualquier nube que osara taparle, contrastaba con el entorno al iluminar los adornos de un árbol sombrío de Navidad que le confería al espacio una plasticidad única. Vimos a un lugareño tomando el sol sobre una loma sentado en una banqueta, también observamos a una pareja, en manga corta, comiendo en el rellano de la entrada de su casa situada sobre una depresión del terreno y a otro hombre, asomado al balcón de su vivienda suspendida en una colina que dominaba el valle, contemplando satisfecho el paso melancólico y elegante de un gato. 




 Abajo, el lugar se fundía amorosamente con el río que remansaba en el embalse de El Burguillo. Es un paraje que alberga un microclima ideal. Yo pasé días antes con la bici y lo fui descubriendo según cruzábamos un arroyo que discurría libre por el campo y entre las sombras de cientos de árboles sin poseer siquiera un cauce al uso. Inmediatamente pensé en cómo sería la vida de aquella gente en esas noches obscuras y desconsoladas en las que parece que nunca llega la claridad del día, que todo se detiene indefinidamente en el cuidado, como Don Quijote, de adorar sin esperanzas a su Dulcinea. Puede ser que en las ciudades se sepa mejor hablar; pero la fineza del sentir es patrimonio del campo y de la soledad, dijo acertadamente fray Luis de León. Mi mujer y yo conservamos su misterio y a veces, en las noches cadalseñas, cuando oímos caer la lluvia con fuerza contra el tejado y azotar impetuoso el viento contra las ventanas vuelvo a lo mío, a lo de siempre, y le digo a Paloma que qué sentirán los habitantes de La Rinconada si tienen una noche parecida, que cómo mitigarán su temerosa soledad y que, para servidor, son como actores de una película triste que solamente se proyectará sobre la pantalla olvidada del cine de sus vidas. Y así, hablando y acariciándola suavemente, me voy haciendo viejo a su lado y junto a estas cosas que de tenerlas tan cerca de nuestros sentimientos, al final hay veces que no alcanzamos a verlas.


   Me gustaría tener como amigo a uno de sus moradores para que me hiciera partícipe de sus inquietudes más conmovedoras. Para mí la amistad es el ideal del ser humano, aquello por lo que se debería luchar y perseguir nada más tener uso de razón. La amistad es el resumen, el compendio de todos los grandes sentimientos que la persona cobija. Me gusta sentir la amistad en plenitud, tenerla muy cercana, saborearla muy mía al tiempo que recuesto mi cabeza, relajada, sobre ella notando la imperiosa necesidad de percibirla sólida para poderla acariciar de manera real, alegre, tangible, emotiva, desolada y definitiva. Algo que no sea únicamente literatura, frases más o menos bonitas o trascendentales. Vivirla entusiasmado como en aquella escena tan sobrecogedora de la película “Bailando con Lobos”.



Esa en la que el indio amigo, sobre una colina nevada y montado en su caballo pinto, se dirige al hombre blanco, que se va alejando parsimonioso bajo los copos de nieve, y le grita con todas las fuerzas de su alma y de su corazón: “¡¡¡Adiós. Eres mi amigo!!!” y el eco le devolvía la esperanza rota de su voz.  ¿Lo recordáis? La vi una tarde de sábado, solo y relajado en casa soñando en el sofá, reposando de la etapa ciclista y envuelto en colores y emociones de domingo juvenil enamorado. Al ver, oír y sentir esa escena, me brotaron las lágrimas súbita y atropelladamente mientras pensaba que de eso estamos hechos los seres humanos: de emociones que nos enredan, nos hacen cosquillas y nos gritan junto a La Rinconada del corazón.



Miguel MORENO GONZÁLEZ
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